lunes, 3 de agosto de 2009

La Renta Verdadera

Valor Permanente del Trabajo
La literatura económica viene reservando el término “renta” para identificar el ingreso percibido por el terrateniente, por el dueño de edificios, a cambio de su inquilinato, pero los sueldos y salarios son englobados dentro de la Renta Nacional como si los trabajadores fueran “rentistas”, y aunque en verdad y teóricamente son los verdaderos rentistas, de hecho no lo son por cuanto no arriendan su fuerza de trabajo y se limitan a venderla al precio de sus remuneraciones.
Vemos que a todo lo largo del ejercicio de la propiedad privada de la tierra, sólo sus propietarios o los señores feudales han gozado del privilegio de “vivir de la renta” del suelo. Así lo hizo en la América Hispana la Iglesia Católica con su famoso “diezmo” o 10 % sobre la cosecha, de contado y en bienes de primera calidad.
Los agricultores sólo se quedaban con el remanente de peor calidad. Este remanente constituía su paga por el trabajo realizado, y con el correr del tiempo ni siquiera fueron dueños parciales de la producción sino que hoy en día se limitan a recibir lo que actualmente se conoce como salario.
En el sector industrial también de observa el rentismo. Aquí un empresario patenta una técnica o registra una empresa privada y esta le pertenecerá vitalicia y hereditariamente, y con cargo a esa propiedad vivirá de las ganancias que la patente o la empresa le generen vitalicia y hereditariamente. Tal es el caso de la connotada sucesión Ford con más de 100 años viviendo de la renta proporcionada por del primer dólar que aportó su fundador allá por el año 1903.
Los obreros, Arquitectos, Ingenieros, maestros de obra, oficiales en general, y el cúmulo de ayudantes de albañilería, herrería, electricidad, decoración, acarreo, pintura, jardinería, vidriería, etc., todos ellos inician las labores de proyecto de la obra, remoción del suelo, hechura de fundaciones, erección de paredes, acometidas de aguas potables y servidas, electricidad, etc. Terminan la obra y durante su construcción reciben sus pagas semanales, quincenales y anuales, pero hasta allí.
Al entregar la obra sólo el dueño del edifico entra en el goce, uso y disponibilidad de aquél. A partir de entonces este dueño se convierte en el rentista del inmueble vitalicia y hereditariamente.
A ninguno de aquellos obreros a quienes se debe la creación y producción de cualquier bien mueble o inmueble, además del salario no se les acredita ni las gracias, siendo que ellos fueron los dueños naturales de semejante creación y producción, en la que dejaron parte de sus fuerzas y de un buen tiempo de su vida no dedicada a sus familia, ni siquiera a la construcción de su vivienda personal.
Hay una ley dialéctica, según la cual “nada se crea ni destruye”. En respeto de ella el trabajo humano aplicado a unos objetos de trabajo no puede desaparecer, y si se transforma en mercancías en estas sigue apareciendo. En cierto modo y determinada cantidad esa porción de fuerza de trabajo sigue siendo propiedad de los trabajadores involucrados.
Sostenemos que cuando un trabajador entrega su fuerza de trabajo para la producción de un bien que genere alguna ganancia o renta tiene el derecho a percibir parte de estas en los mismos términos temporales que lo haga el productor correspondiente. Dejamos a salvo los bienes que terminan en la cesta del consumidor final que obviamente les pertenecen a este a cambio del precio satisfecho en el mercado del caso y que finalmente terminan siendo incorporados a otros seres humanos como fuente de conservación de vida que son.
Estamos restringiendo nuestro reclamo a aquellos bienes muebles o inmuebles que generen ganancias por su uso, por su arrendamiento. Tal es el caso de edificios, casas, maquinarias, empresas operativas, transportes al servicio de empresas varias, etc.
El connotado “punto comercial” que a manera de “plusvalía” se convierte en fuente de lucro para el dueño del establecimiento comercial también tendría que ser compartido entre los trabajadores de ese comercio. El buen crédito, la duración de ese comercio y su mantenimiento fundamentalmente corrieron a cargo de sus expendedores y no del dueño del capital en inventario.
Es que el valor de la fuerza de trabajo volcado en cualquier mercancía de uso duradero es permanente en tanto y cuanto así lo determine la duración del bien comprometido, cuando este bein esté generando ganancia a su comprador más allá del valor de uso para el que fue fabricado.
Por eso afirmamos que los trabajadores son los verdaderos rentistas de aquellos bienes depositarios del valor permanente que permitió su elaboración. El rentismo practicado por la tierra ni el rentismo aprovechado por terceros por concepto de bienes producidos por la mano de obra no pueden ser unilateralmente usufructuados por sus arrendatarios o factores que funjan como propietarios de empresas o de otros bienes muebles e inmuebles.
Manuel C. Martínez M.
02 ago. 09

La Inmadurez Militar


Reclutar y contar con jovencitos para engrosar la soldadesca burguesa ha sido una norma constitucional. La actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, por ejemplo, obliga a sus ciudadanos mayores de edad a la prestación de servicios militares (Art. 134), y aunque no hace mención al número de años para alcanzar esa mayoría de edad del ciudadano, el Código civil sí la establece en 18 añitos, y esta sirve para justificar semejante irregularidad ciudadana.
Históricamente, la menoridad ha ido mermando en el tiempo. Antes era 21 años la edad para entrar en mayoría de edad. Gracias al escritor burgués Arturo Úslar Pietri y su poderosa influencia e injerencia en las cuestiones civiles y militares nacionales esa edad pasó a los actuales 18 añitos.
Han sido muchas las madres que pierden sus hijos a temprana edad luego de haber superado el riesgo de la mortalidad infantil. El Estado ha contribuido con ese logro mediante excelentes programas nutricionales y medicoasistenciales, pero que parecieran estar dirigidos precisamente a garantizar que los ciudadanos alcancen la mayoría de edad y así la clase burguesa nacional poder contar con reservas permanentemente jóvenes.
¿Por qué tienen que ser jovencitos los nuevos ingresos del Ejército?, ¿por qué nuestros jovencitos tienen que sacrificar sus mejores años en lugar de dedicarlos al logro de una carrera artesanal o profesional?, ¿por qué la soldadesca no pueden estar formada personas más maduras, de unos 30 años mínimo?
Creemos que esa menoría de edad, tan baja, responde una estrategia muy adultamente diseñada y aplicada. Sólo a jovencitos e inmaduros se les pueden inculcar la obediencia ciega a las enseñanzas militares. Entre estas está la de no protestar ni pensar con cabeza propia. Se les inculca la obediencia, a ser disciplinado u obediente sumiso. Y particularmente se les enseña que matar puede ser bueno cuando se trate de enemigos o en defensa propia.
Esas enseñanzas e pudieran ser muy convincentes y lógicas pero que no pueden ser suficientemente analizadas ni evaluadas por unos jovencitos, no sólo con una edad casi adolescentina, sino además con reducida formación académica general.
La valentía, el arrojo y coraje parecen responder a la inmadurez de la corteza cerebral más que a cualquier otra facultad natural de los seres humanos. De allí que la edad de jovencitos sea la más propicia para que ellos corran sin mayores protestas todo el riesgo que supone el ejercicio militar. Este supone el juego de sus vidas en paz y en la guerra.
Pensamos, pues, que la edad para la prestación del servicio militar no debería bajar de 30 años, salvo casos de emergencia nacional.
Manuel C. Martínez M.
03 ago. 09

La Mano Invisible del Mercado

La Mano Invisible del Mercado

La mano invisible del mercado es una metáfora polivalente. La introdujo someramente en Economía el científico escocés Ádam Smith, y pensamos que luego de más de 200 años ha sido muy aludida pero no suficientemente elucidada. La cuestionan los proteccionistas burgueses, y paradójicamente también lo hacen los marxistas. Smith sostuvo que el equilibrio del mercado respondía a un orden natural, o “divino” si a ver vamos, por lo que la acción del Estado salía sobrando.
Este es el caso: Para los intervencionistas y proteccionistas, más allá de la regulación espontánea, el mercado debe ser controlado a fin de mantener un mínimo de equitatividad entre vendedores y compradores. El equilibrio oferta-demanda evitaría tanto especulaciones como reducciones en la tasa de ganancia.
Mediante esa tesis contraria al libre mercado se pretende influir en la producción para que esta se adapte mejor a las necesidades cuantitativas populares, aunque sin ir al fondo del desequilibrio social. Un Estado proteccionista podría impedir la competencia desleal y la escasez artificial, pero con esta regulación terminaría entorpeciendo el empleo de recursos materiales y de trabajadores, cuestión esta que de entrada es intolerable para el capital. De resultas el remedio podría ser peor que la enfermedad del caso.
Es que si bien el Estado reconoce la contrariedad de intereses entre vendedores y consumidores, guarda mutis ante la contradicción entre productores y asalariados. Digamos que el Estado da prioridad al mercado frente a la producción, niega la explotación dentro de esta. Con todo eso no sólo regula el mercado sino que protege el modo de producción vigente. Se trata, pues, de un proteccionismo conservadurista.
Por su parte, el Marxismo atribuye a la contradicción de clases entre patronos y asalariados los desequilibrios del mercado. El productor sólo oferta un volumen rentable y mercadeable, y correspondientemente los asalariados deben ser solventes; afirma que al respecto el Estado se muestra incapaz de partida para ejercer una regulación eficaz debido a que es muy falso que el mercado determine la producción, sino todo lo contrario. Afirma que si no se ataca el modo burgués de producción su intervención resulta demagógica. El productor capitalista resulta ser el máximo intervencionista, el manipulador de la “mano invisible de la producción”.
Como lo maneja esta doctrina, los productores se truecan en comerciantes y los asalariados en consumidores de productos finales. Los desequilibrios del mercado son recurrentes, y a lo sumo, dice, el Estado regula ocasionalmente algunas desviaciones mercantiles pero sin llegar al meollo de la producción. Estos productores en funciones mercantiles son, al mismo tiempo, los principales liberalistas del mercado.
El marxismo tampoco comparte la idea de una regulación extraeconómica naturalista. La Economía es una ciencia eminentemente materialista e histórica, por lo que sólo la lucha entre proletarios y burgueses podría dar cuenta de las injusticias mercantiles que no resuelven la cuestionada mano invisible del mercado ni el Estado intervencionista ya que según dijimos el dueño de esa mano invisible es el empresario burgués.
La lucha convencional entre patronos y asalariados no pasa de ser simples pujas mercantiles entre un patrono que pretende minimizar sus erogaciones para maximizar sus ganancias, y un asalariado que apenas aspira a comer y vivir un poco mejor. Se trata de la vieja, desfasada, ineficiente y fracasada lucha sindicalista. En el mercado también se trata de una lucha entre consumidores y vendedores donde unos buscan más ganancias, y otros una mayor cesta alimentaria
El Marxismo ataca tanto las políticas proteccionistas como las liberalistas. Esgrime que proteger al productor es tolerar la explotación de los trabajadores asalariados, y el liberalismo supondría libertad de contratos que también beneficia al patrono frente al indefenso asalariado.
Entonces veamos otra versión de esta interesante metáfora económica:
La mano invisible del mercado es una verdadera e inviolable ley de amplia aplicabilidad inherente y connatural al modo capitalista de producción. Por insistentes y variadas que sean las regulaciones estatales siempre la puja entre oferentes y demandantes dará cuenta de la oferta, de la demanda y del precio final, independientemente del fijado por el Estado. Hacia allí apuntó Ádam Smith; de tal dimensión fue la profundidad de sus análisis.
La mano invisible del mercado explica las desviaciones o incumplimientos de la ley de la oferta-demanda ya que esta se muestra ineficaz cuando el productor decide acortar la producción por falta de demanda solvente, ante lo cual ningún otro capitalista podría animarse para suplir el faltante ya que este no existe salvo que bajen los precios, pero estos tienen siempre el límite impuesto por la tasa media de ganancia que a la sazón sirva de brújula a todo en empresariado de productores, comerciantes y banqueros.
Una cosa son las necesidades de los consumidores, otra las obligaciones del Estado, y otra los apetitos lucrativos de los capitalista, sin embargo el Estado intervencionista o liberalista siempre tiene en mientes a toda la ciudadanía que representa a todos sus ciudadanos, y no cae en la cuenta de que los empresarios sólo sirven a sus clientes. Al Estado le resulta congruente y compatibilizable las necesidades de los ciudadanos y las del capital; pensar en contrario sería negar su propia esencia burguesa.
El Estado no se enfrenta a dos clases definitivamente antagónicas, una de las cuales busca sacarle provecho al consumidor que también funge de trabajador, mientras que los ciudadanos como clientes y como trabajadores están respectivamente a expensas de los vendedores y de los patronos. Obviamente, el Estado no puede armonizar tan distintos criterios ni intereses.
Cuando Ádam Smith atribuyó un orden natural a la Economía, y de allí tomó su mano invisible, simplemente dio por estacionarias las condiciones sociales entre productores y trabajadores, pero estaba consciente de que no se trataba de acciones naturales de índole vegetativa ni algo parecido. Por eso se trata de una metáfora.
La mano invisible del mercado ha estado presente en cada crisis y su correspondiente solución sin que ningún Estado haya tenido injerencia directa ni determinante. Las subvenciones estatales o auxilios financieros siempre se traducen en déficit del Fisco Nacional con lo cual se ocasiona malestar general al consumidor, y los subsidios al consumidor desestimulan la aplicación de nuevos capitales, todo lo cual hace inoperante la regulación estatal y refuerza la ingobernabilidad de la referida mano invisible. Cierto que no todos los países capitalistas marchan igual ni no todos son viables, pero una cosa es aliviar las tensiones económicas de corto plazo y regionalmente, y otra resolver su permanente y cíclica problemática en todos los países imperialistamente involucrados.
Manuel C. Martínez M.
03 ago. 09

domingo, 2 de agosto de 2009

Maltusianismo en Siglo XXI
(Profilaxis del Banco Central de Venezuela, Precios y Salarios)
Manuel C. Martínez M.
01 ago. 09

El demógrafo, clérigo y Economista inglés Thomas Robert Malthus se preocupó por las lamentables condiciones sociales de la mayoría de la población de los años finales del siglo XVIII, mismas que seguían reinando en pleno s. XIX.

Malthus concluyó sus investigaciones con el descubrimiento de una ley social que matemáticamente expresada dice así: La población demográfica crece según una progresión geométrica, mientras que la producción de bienes de la cesta básica lo hace sg. una progresión aritmética.

Desde luego, cuando se emplea medidas matemáticas los valores estadísticos y paramétricos resultan exhaustivamente precisos; es de inferirse que los algoritmos de Malthus fueron forzados, pero de todas maneras resultaba evidente que la oferta se quedaba muy corta en relación al explosivo crecimiento demográfico observado durante períodos de 2 o 3 décadas.
De seguir las cosas así, a la humanidad le esperaba una hambruna general. Malthus previó que sólo las catástrofes naturales, las pandemias y endemias, las guerras y las medidas anticonceptivas podían evitarla. Fue tan fuerte la terapia y profilaxis recomendadas para combatir y evitar la llegada de semejante hambruna que desde entonces llamamos medidas maltusianas todas aquellas que puedan tomarse con independencia de sacrificios biológicos, sociales y morales.

Por supuesto, la hambruna apuntada por Malthus no se refería a las hambrunas que eventualmente han sufrido algunos países por causas diversas no necesariamente explicables por su maquillada “ley” demográfica. Él hablaba de una tendencia global. Es de suponerse que el factor determinista religioso estaba justificando esa asimetría numérica.

Lo cierto fue que a raíz de esa denuncia el mundo político fue convulsionado y aparecieron muchos científicos, humanistas, filántropos, sociólogos, médicos y escritores quienes se hicieron eco de semejante amenaza. Pensamos que los modernos anticonceptivos son maltusianistas, lo mismo que los controles del tamaño familiar, la licitud de los abortos, etc. Muchos de los avances tecnocientíficos aplicados durante la industrialización de la producción también entrarían dentro de esas correspondientes medidas profilácticas.

Contradictoriamente, los aportes medicoasistenciales de la moderna cultura maternal y de la farmacopea en pro de la reducción de los índices de mortalidad infantil propenderían a la llegada de semejante hambruna.

Sin embargo, los críticos del sistema capitalista fueron claros al respecto. Estos afirmaron que esa adversa correlación entre las demanda y la oferta de bienes no se correspondía con la potencialidad brindada por las condiciones técnicas del aparato productivo, que por ingente que fuera la demanda no había razones técnicas para que los mercados no fueran suficientemente abastecidos. La recurrente violabilidad de la “ley de Malthus” empezó a socavar su validez.
Es que indudablemente algo andaba mal y sigue andando mal en una sociedad que está capacitada para producir como nunca antes lo había hecho, y que sin embargo los cuadros de miseria seguían apuntando hacia la horrorosa hambruna general que Malthus había señalado.
Hoy es el planeta el amenazado con hambre de agua, de recursos biodegradables, de ozono, etc. El hambre de hoy no es una amenaza local ni regional sino una realidad sufrida por todos los países donde impera el sistema capitalista.

Es un sistema cuyo aparato productivo sólo opera a media capacidad, que funciona según la demanda solvente; que da usos artificiales y contranaturales a la tierra agrícola, que irrespeta la necesaria biogradabilidad de los recursos económicos, y un sistema de vida para el que la miseria de los desempleados no es asunto suyo.

Los gobiernos aprovechan esta hambre como bandera en campañas políticas para ascender al poder y hasta allí. Y no hay duda de que a punta de dádivas y socorros puntuales han mantenido a raya las protestas populares ante este cuadro de permanente hambruna general que acompaña otros cuadros paralelos de miseria ocasionales debidos a las crisis que periódicamente engendra el sistema capitalista. Por ejemplo, el consumo de energéticos (de hidrocarburos en particular) impulsado por los inversionistas burgueses crece en progresión geométrica, y, aún haciéndolo en progresión aritmética, su producción es imposible por cuanto se trata de recursos naturales no renovables.

Malthus omitió señalar que al lado de los hambrientos de siempre se hallaban muchas familias que nadaban en abundancia durante todos los días de su suntuaria y elitista vida. Pero Malthus tampoco pudo apreciar cómo su tenebrosa predicción podía reoxigenarse, no ya por causas naturales sino por causas estrictamente sociales. Además del crecimiento geométrico demográfico e insolvente, hoy tenemos un consumo de energéticos (de hidrocarburos en particular) impulsado por los inversionistas burgueses crece en progresión geométrica, y, aún haciéndolo en progresión aritmética, su producción es imposible por cuanto se trata de recursos naturales no renovables. La “hambruna” energética estaría a la vuelta de la esquina, lo que quiere decir que la producción es aritmética frente a una demanda solvente tan geométrica como el crecimiento demográfico en general.

Este es el caso: Resulta que hoy vemos cómo los precios se mueven según una estricta progresión geométrica, mientras los salarios apenas lo hacen según una progresión aritmética, y esta a veces acompañada de mucha sangre obrera.

Veamos algunas perlas estadísticas que actualmente son manejadas maltusianamente por el Banco Central de Venezuela, como institución al servicio empresarial y burgués que lo ha sido desde su fundación allá por los años 40.

En materia de precios, los cambios que la Inflación ha provocado en nuestro país durante los últimos 50 años ha dado origen a reacciones empresariales y gubernamentales de cara a minimizar el hambre implícita que ha ido creciendo en el país por causa de la carestía. Una salida ha sido el cambio periódico del al año base para el cálculo del Índice de Precios al Consumidor (IPC). Con ellos se corta su sostenido crecimiento explosivo y apenas se señala los incrementos mensuales.
De seguidas paso a citar algunos pronunciamientos del BCV., tomados de su Pág. Web:
“La decisión de adoptar la nueva base 2007 para los IPC de Caracas y Maracaibo obedece en buena medida, a que 2007 será también la base del nuevo Sistema de Cuentas Nacionales, iniciativa que se enmarca en el desarrollo, a partir del presente año 2008 del Programa de Actualización de las Estimaciones Macroeconómicas II (Pracem). Hay que tener en cuenta que el año base se modifica para mantener la calidad y representatividad de los indicadores, en razón de los cambios estructurales de la economía.”. Banco Central de Venezuela.

“Entre los cambios que se incorporan a los índices de precios al consumidor que elabora el BCV está la adopción del año base 2007, en sustitución del año 1997. Se actualizó la composición y la estructura de ponderaciones de la canasta de bienes y servicios que se utiliza para hacer el seguimiento de los precios, a los fines de reflejar mejor los patrones de consumo del venezolano estimados mediante la III ENPF. En este sentido, se aumentó de 287 a 351 el número de bienes y servicios cuyos precios son objeto de seguimiento en Caracas (que representa 93% del gasto de consumo que realizan los hogares caraqueños); en Maracaibo el número de rubros se aumentó de 287 a 343 (lo que representa un 92% del gasto de consumo que realizan los hogares marabinos).”. Misma fuente.

“¿Qué es el Índice de Precios al Consumidor?

El Índice de Precios al Consumidor (IPC) es un indicador estadístico que mide el cambio promedio en los precios de una canasta de bienes y servicios representativos del consumo familiar de los habitantes de una determinada localidad, región o país.”. Misma fuente.

• Usos del Índice de Precios al Consumidor

El IPC es el indicador utilizado en el análisis de la inflación. Debido a sus
características de oportunidad y calidad, es considerado el indicador que más satisfactoriamente se aproxima a la estimación del fenómeno inflacionario, en comparación con otros indicadores similares.

Una aplicación frecuente del IPC es su utilización para la estimación de los salarios reales o del ingreso real de los hogares y de la población. Igualmente, es utilizado para estimar valores reales de algunos componentes de las cuentas nacionales, la actualización de valores o indexación de montos monetarios, salarios, contratos, etc.

• ¿Por qué el Banco Central de Venezuela calcula el Índice de Precios al
Consumidor? “.

La misión del Banco Central de Venezuela está orientada a la creación y el
mantenimiento de condiciones monetarias, crediticias y cambiarias favorables a la estabilidad de la moneda, al equilibrio económico y al desarrollo ordenado de la economía.

Es importante destacar que para facilitar esta exigente misión, el Banco Central de Venezuela, por disposición expresa de la Ley que lo rige, debe disponer de estadísticas periódicas altamente confiables que faciliten el diseño y programación de las políticas monetaria y cambiaria, así como el seguimiento de las variables macroeconómicas que son influenciadas por tales políticas.”
Misma fuente.

De entrada, como la carestía depende de precios y salarios, resulta curioso que el BCV no haga seguimientos a los salarios tal y como tan exhaustiva y sostenidamente lo hace con los alarmantes precios de cada día.

En esas definiciones, aplicaciones y cálculos de los índices de precios al consumidor (IPC), observamos toda una estrategia más sofista que científica. No dicen la verdad puesto que los IPC no buscan tener una idea matemática de cómo se mueven realmente los precios, sino más bien con ellos se busca suavizar y minimizarles su crecimiento verdadero.

Con el cálculo e imposición del IPC del año 2007 se borró toda la evolución porcentual sufrida por los precios desde el año 1997, es decir durante la mayor parte del la presente Administración gubernamental.

Una ligera comparación de los índices ofrecidos por esa misma Pág. Web nos dice que los precios subieron 753% = IPC del periodo año 1997 - 2007 (año base: 1997. Es decir, los precios en Venezuela de los rubros más llenadores de la cesta básica más que se septuplicaron. Los salarios por su parte apenas subieron 1,89 veces, es decir, se incrementaron 189%, según listas oficiales de las Universidades del país, a manera de ejemplo.

Desde luego, la inflación ha seguido indetenible en un país más politizado que artesanalizado, más parlanchín que trabajador y más rentista que productivo. Además, observamos que ahora los industriales de la producción y del comercio no hacen incrementos aritméticos en la suba de sus precios. Sólo manejan y aplican incrementos porcentuales, 5%, 10% o más %. Esto evidencia y refuerza que los precios suben en progresión geométrica.

Por eso el BCV considera que debe ajustar periódicamente el IPC, y desde enero de 2009 comenzar a reflejar sólo los incrementos mensuales de precios respecto al nuevo año base, es decir, en base al año 2008.

Como se puede verificar, estos IPC sólo buscar disfrazar y negar los verdaderos y incrementos explosivos de precios, el crecimiento en progresión geométrica sufrido por los precios, y silenciar unos salarios que apenas crecen según una sencilla y baja razón aritmética.

Los precios tomados por nosotros como ejemplo se multiplicaron por 2 cada 3 años, al pasar del año 1999 al 2007 del 100 a 753, y para los mismos intervalos los salarios sumaron sólo 0,63 % al pasar de 100 a 189.

Entonces podemos concluir en que efectivamente estamos en presencia de un crecimiento geométrico para los precios, y un crecimiento aritmético para los salarios, lo cual nos permite vislumbrar una hambruna venidera para la clase trabajadora venezolana, y cuyas medidas neomaltusianas no nos arriesgamos a señalar para evitar falsas recomendaciones.

miércoles, 17 de junio de 2009

Capitalización de Principios Marxistas
Manuel C. Martínez M.
13 jun. 09

Este es el caso: hipotéticamente durante el Socialismo el Marxismo contempla remuneraciones laborales proporcionales con la productividad del trabajador, con su aporte al Producto Nacional. Bueno, este mismo “principio socialista” lo viene aplicando el capitalismo con todos sus asalariados. Su cumplimiento ha sido fundamental como estímulo a sus trabajadores y para complacencia con un sindicalismo defensor del salario, y no su enemigo.
Es que los patronos jamás han mejorado en un céntimo el salario sin que sus beneficiarios no les hayan reportado su reintegro y correspondiente plusvalor. Recordemos que el patrono realmente no comparte ganancias sino que cada mejora al trabajador representa para él una nueva inversión que forzosamente debe resultarle rentable mediante nuevas dosis de plusvalor.
Recuérdese también (o téngase bien claro) que los patronos prefieren cancelar parte de las ganancias a fin de año que mejorar el salario dentro año porque sencillamente esas mejoras les acarrearían otros desembolsos que se hallan estricta y numéricamente ligados al salario con lo cual bajaría su plusvalor y con esto la tasa de ganancia.
Además, desde hace algunas décadas, una vez que se mundializó el régimen burgués y el capitalismo extendió su reinado en Occidente y Oriente, en el Norte y el Sur, se viene observando una igualitarización del salario. Por ejemplo, el renombrado SALARIO MÍNIMO se ha impuesto anualmente a fin de regular los tabuladores salariales de cada país. Este SM corre a cargo del Estado de tal manera que luzca más como una defensa gubernamental del trabajador que como una imposición del patrono.
Los sueldos homologados en universidades a favor de una legislación laboral que prescribe igual salario para igual trabajo son evidentes manifestaciones de que sigue importando la productividad del trabajo y según ella así se le remunera.
Por otra parte, dentro del capitalismo se viene aplicando mejoras salariales para los trabajadores de peor formación técnica con cargo a desmejoras salariales del personal altamente calificado. Esto es una clara aplicación del “principio comunista” que prescribe remuneraciones al trabajador de acuerdo con sus necesidades y hasta allí.
Ambos principios son pruebas irrefutables de la más clara capitalización de principios supuestamente marxistas.
Digamos que el sistema capitalista ya superó la fase de estimulos al trabajo en fábricas con miras mejorar la producción ya que hoy la sobredemanda supera con creces la producción rentable, de tal manera que la premonición marxista según la cual la tasa de ganancia bajaría hasta la irrentabilidad de las inversiones, está hoy por hoy en tela de juicio. Esa caída sería el comienzo del fin del sistema capitalista.
De todos los costes intervinientes en la fabricación de una mercancía el más pesado y conflictivo es el de la mano de obra. La grandes empresas suelen organizarse volumétricamente: crecen horizontal y verticalmente mediante trusts paramonopólicos que les permiten integrar y controlar el suministro oportuno de todos los insumos en cada una de las empresas coasociadas , pero estas asociaciones dejan por fuera la autonomía de los diferentes trabajadores. Como la mecanización y mejor organización y división del trabajo se ha logrado incrementos en la producción con mínimos esfuerzos laborales, el gasto en salarios ha ido reduciéndose y las amenazas del descenso de la tasa de ganancia se han disipado.
El marxismo incipiente no tomó en cuenta la sobredemanda. Pensó que la demanda crecería sólo en función de las mejoras salariales sin tomar en cuenta la posibilidad de una demanda estándar reducida a nivel de la mediocridad que está caracterizando el consumo de las grandes masas de trabajadores a quienes cada día se les exige menos preparación técnica por aquello de la mecanización y de la maximización de le división del trabajo.
Artículos de tercera, mercancías desechables fabricadas con desechos, de pésima calidad, alimentos sintéticos, y una educación popular formadora más de idiotas que de gente reflexiva garantizan una demanda siempre creciente e igualmente rentable.
En cambio el marxismo acertó con la creciente formación de un Ejercito Industrial de Reserva que hoy es el mejor aliado del burguesismo contemporáneo. Ahora cada trabajador está recibiendo el menor salario independientemente de su aporte al PTB, ya que este ha terminado por estandarizarse.
La maquinización universal, los métodos organizativos y una elevada división del trabajo hasta reducir las tereas a simples manipulaciones que requieren muy poca preparación y esfuerzo laboral, han convertido al asalariado en simples piezas reemplazables tan pronto den manifestaciones de disconformidad. Esto se afirma sobre la sobrepoblación de personas aptas para el trabajo. Su oferta ya supera con creces a su demanda, y como ésta está previamente regulada de tal manera que le trabajador obedece y se muestrea conforme o sale del mercado laboral para entrar en la masa de marginados e indigentes que serán bien recibidos como apetecibles banderas políticas para los modernos gobernantes populistas más ligados al empresario que al trabajador.
El trabajo informal se ha formalizado, la adulancia política como requisito burocrático, migajas gubernamentales a cambio de votos irreflexivos, y un minimización del grado de confort digno para un ser humano están terminando o con la formación de trabajadores que ya muy poco se distinguen de los harapientos del Medioevo. Si usted muestrea nuestros trabajadores observará que casi todos visten con desteñidos blue jeans, usan zapatos sintéticos; damas con sandalias baratas hechas con retazos, la comida es cada día más desbalanceada, y si la mortalidad infantil se ha detenido es a favor de adultos que más son consumidores de fármacos que de alimentos naturales.
Así se ha capitalizado la esperanza por un mundo mejor libre de las ataduras burguesas, y se ha arribado a un sistema, como el actual, que ha ido asimilando y capitalizando en su favor los más precipuos príncipes comunistas.

lunes, 15 de junio de 2009

Las Dos (2) Clases medias

Las Dos Clases Medias
Manuel C. Martínez M.
13 jun. 09

En pocos textos de la Literatura económica figura el tema de la “clase media”. Los propios fundadores del Marxismo le dedicaron pocas páginas.
Corrientemente nos hemos acostumbrado a entender por Clase Media (CM) el segmento de trabajadores y artesanos de mediana remuneración salarial. Sus miembros serían trabajadores que a punta de preparación tecnocientífica han logrado escalar posiciones en el escalafón salarial a tal punto de que sus remuneraciones se alejan bastante del Salario Mínimo. Este último es percibido por los trabajadores de menor preparación técnica, al punto de capacitarse para trabajar con tan sólo alcanzar la mayoría de edad y estar fisiológica y mentalmente sano.
Algunos miembros de este tipo de CM han llegado a capitalizar parte de sus ingresos, y a fungir de pequeños y medianos empresarios. Aquí empieza la confusión. Resulta que dentro de la burguesía negociante, conformado por productores, comerciantes y financistas, se da toda una gama cuantitativa de capitalistas. Hay altos productores, medianos y pequeños. Lo mismo rige para pequeños, medianos y grandes comerciantes. En materia financiera los hay más que todo como alto y mediano banquero.
Pero la ideología política populista se ha encargado de llamar simplemente medianos empresarios a los miembros de la Clase Media Negociante, formada por el capitalista productor y mercantil (comercial y financiero), de mediano giro, y ha reservado la expresión Clase Media para los trabajadores arriba ya señalados.
Mediante esta estrategia política tenemos un demagógico cuadro social que aparentemente permitiría una perfecta movilidad laboral desde el obrero o trabajador de salario mínimo hasta el trabajador directivo y administrador de las grandes transnacionales. De una movilidad que desvirtuaría la explotación capitalista que tanto ha divulgado el Marxismo.
Débese tener en cuenta que le capital en funciones sí es cuantitativamente movible, que sus tenedores pueden ser capitalistas de alto giro o grandes empresarios, y que hay medianos empresarios y pequeños empresarios. Porque sencillamente el capital parte de un monto mínimo s según la naturaleza del negocio proyectado. Un capital inicial que tendenciosamente podrá acrecentarse con la explotación de asalariados que resulte próspera para los propios fines de la acumulación burguesa.
Hay una sola Clase Media: la clase media capitalista, negociante, banquera, comerciante y productora, y una falsa Clase Media formada por trabajadores de ingresos medios y altos a quienes falsamente se les viene identificando como Clase Media.
Por cierto, teóricamente esos trabajadores de ingresos medios y altos deberían ser diametralmente opuestos a la Clase Media capitalista. Ellos potencian el proletariado de punta, el llamado a hacer la verdadera revolución socialista. Sin embargo, ha ocurrido todo lo contrario. Cuando a los trabajadores mejor afortunados en términos salariales los pasamos a considerar como gente de Clase Media, los estamos asimilando a explotadores, a empresarios, y esta falsa concepción la han terminado creyéndosela ellos mismos, con lo cual estamos en presencia de un silenciamiento de la clase media burguesa propiamente dicha, y de una explosiva e interesada divulgación de una falsa clase media que ha terminado aburguesándose cual peor miembro de la verdadera Clase Media negociante y explotadora.