lunes, 14 de noviembre de 2016

Mecánica Cuántica

Vengo hipotetizando acerca de que, a manera de aporte  a la problemática que confronta la Mecánica Cuántica-las llamadas "variables ocultas" manejadas por Schrödinger-,  como  lego que soy en esta nueva versión de la materia, en el experimento del "gato" y los dos fotones lanzados a unísono en direcciones contrarias, la posible configuración de un todo formado por ambos, según la propiedad llamada polarización, a  pesar de "alejarse de sí, simplemente responde a que el desplazamiento de cada fotón no se llevaría a cabo linealmente como si lo hicieran sobre trayectorias lineales infinitas sobre planos, sino que se van curvando a manera de   manecillas de un reloj. El universo, así formado, respondería a un inmensa esfera de máxima escala envolvente de todos los cuerpos celestes, razón por la cual cada fotón en cada instante se aleja del otro, pero al mismo tiempo, mientras más lo hace, más se le acerca, . dado el giro que ambos estarían  llevando a cabo.

marmacster@gmail.com


viernes, 5 de febrero de 2016



Origen gráfico de los triángulos geométricos

Manuel C. Martínez M.
04/02/2016 10:09:50 a.m.

A Tales, el Milesio, Euforbo Frigio y Pitágoras se les atribuye hallazgos geométricos comunes, particularmente los relativos al triángulo de 90 grados.

Euforbo halla que, a partir del planteamiento de Tales, los infinitos triángulos trazables en una semicircunferencia, a partir de su diámetro como hipotenusa y con 2 secantes rectas a partir de aquella, son rectángulos lo que convierte e esos infinitos triángulos en escalenos, salvedad hecha del triángulo medio, 2 de cuyos ángulos son de 45 grados y convierte a este único triángulo en un isósceles.

Así queda por fuera el triángulo equilátero que, contradictoriamente, a pesar de su belleza simétrica no es atrapable ni inscribible en ningún semicírculo, sino en el círculo completo ya que la hipotenusa así lo predetermina.

                           


martes, 2 de junio de 2015

Salario Diario, cálculo correcto, libre de ventajismos clasistas:

http://www.aporrea.org/actualidad/a85543.HTML


Valencia, 02/06/MMXV

En esa página hallará el cálculo más exacto en favor del trabajador. Hasta hora lo han estado explotando doblemente: mediante la ya connotada plusvalía o trabajo impago, y mediante el cálculo amañado del salario diario. Las empresas capitalistas les han hecho ver a los sindicalistas, a los abogados de los trabajadores,   y a estos en general que el salario diario responde al cociente de dividir la paga semanal, por ejemplo, entre 7 días, o la paga quincenal entre 15 d. Nada más falso. Vaya a la página y leerá detalles. Dr. Econ. Manuel C. Martínez M. (SADELAS)

lunes, 23 de junio de 2014

Mi aprendizaje de El Capital, de Karl Marx

PRAXIS de El Capital, de lo concreto a lo abstracto
(Mi Aprendizaje de la Obra de Carlos Marx)


ENTREGA 01                                                                    31/01/2013
Primera Edición en Español (Registro en Protocolos correspondientes©)
 DEDICATORIA
Dedicado a mi esposa e hijo




Efígrafe

El comerciante ha sido la figura protagónica por excelencia a lo largo de toda la producción mercantil pre y capitalista. Sus transfiguraciones fabriles, comerciales y financieras sólo convalidan su función preeminente como primera personalidad en el escenario burgués. Los aguijones sufridos por el fabricante proceden del comercio, los de la banca corren la misma suerte, de tal manera que,  al  final de cuentas, es el comerciante de hoy, ayer mercader intermediario a secas,  quien hizo y hace del plusvalor la forma más expedita y subrepticia de garantizarse lo que él llama “su” margen de ganancia, y para ello se ha servido de otros tantos “intermediarios”: productores y financistas, personalidades-estas-que aquel mismo suele desempeñar indistinta y hasta poliparalelamente. Este comerciante  “capitalista”-una variable histórica del burguesismo-no usa los medios para la producción, sino para sacar plusvalía, una variante de la USURA, al igual que los alquileres y el interés bancario.


PRÓLOGO
Desde el poscriticado Libro Tercero [1]

Las siguientes consideraciones prácticas sobre el problema de El Capital, de Carlos Marx, las hallo cargadas de novedades, habida cuenta de que la trama especulativa y convencional de las que habíamos conocido están muy atadas a la letra, a lo sumo pletóricas de divagaciones encerradas en el campo de las contingencias que, de hecho,   suelen evadir las bases teóricas del citado autor.
Las de mi prologado lo hacen exhibiendo una trama literaria insertada en un lenguaje acertada y taxativamente social como social es la cuestión económica que él ventila en su CRÍTICA a la literatura tentativamente traductora de la “crítica” recogida en la precipua obra de Marx.
En ellas la socialidad marxiana se recoge en la principal actividad humana-laboral por naturaleza propia-al lado de las inherentes e imperantes relaciones sociales de producción, comercio y financiamiento burguesas, en las cuales la expropiación-explotación-, ligadas como condición social, trascienden hasta convertirse en expropiación de conciencias y en  un aislamiento del sujeto trabajador que lo lleva a soledades, angustias, para formarse así  un tejido virtual donde se erige una supuesta condición de igualdad dentro de las desiguales  propias de esas relaciones de producción rayantes en  ficciones  de corte simbólico que desembocan en un verticalismo preñado de ventajismos jerárquicos ya que sólo así se puede explicar la erección de principios atemporales que garanticen la conservación del status, a título de un expediente ad hoc capaz de  representar barreras mentales  elusivas de cualesquiera interrogantes  sobre ese cuadro de expropiaciones continuas y multiformes.
En ese sentido, consideramos pertinente abordar estas líneas prologales para transitar por el problema de lo contingente, de la jerarquía, la libre competencia, la dicotomía abstracto-concreta, el valor de cambio, igualdad, libertad, alienación, la reducción del sujeto a una cosa más adherida al paquete de los medios de producción.
Todo lo contingencial estaría invadido por condiciones dominantes del modo de proceder del individuo para el cual el mundo parece responder a cada persona en particular, a cada fabricante, comerciante o banquero, a cada trabajador, a cada burgués, a c. proletario.  Es el “seudocaos” universal bajado a la economía en beneficio del capitalista con cargo a perjuicios del asalariado. Aquí es donde el individuo se encuentra con otro, con objetos, obstáculos, con barreras abstractas y condicionantes del acto humano.
Trátase de un “deber ser” insertado en las maneras de ser personales, como sutiles instancias para forzar la acción humana con procedimientos, visiones, ideas de justicia, libertad o igualdad, que se erigen como condiciones expropiantes a fin de hacer dócil al sujeto, para ablandar su potencial  del darse cuenta,  instancias que lo reducen a la estatura de andar desprendido de otros  a quienes expulsa de su entorno, con lo cual empequeñece su mundo  hasta quedarse inerme  ante el vendaval del dominio de los “preeminentes” de oficio con sus ideas reductoras,  de una clase autoelegida  que manipula la cultura del sometimiento, anegada de preceptos  de estratificación  social de índole perpetua, y donde los mandatos virtuales generan un escenario justificacionista que consolidadaría  generaciones de favorecidos con el despojo  de la verdadera actividad humana, y la de desfavorecidos propia de los sometidos ideológicamente, personas-estas-entrampadas  con el manejo de ideas supuestamente igualitarias promotoras de la compraventa de su fuerza de trabajo  a cambio de un salario que desenmascara y concretiza el mundo de las desigualdades  evidentes dentro de la fábrica y disimuladas fuera de esta.
De resultas, los proveedores de fuerza de trabajo se sitúan en permanente precariedad, aunque perciben que sus “usuarios” o dueños de los medios de producción, en contraste, usufructúan de la actividad del obrero, acumulan hegemonía y riquezas envueltas con el ropaje de una cultura de opulencia.
En cuanto a la relevancia jerárquica,  condición quizás sutil, ella está provista de un razonamiento donde se resume el cuadro social en términos de explotadores y explotados que representa acumulaciones indefinidas para unos cuantos, y exclusiones sostenidas para las mayorías, como característica de un sometimiento refrendado por leyes civiles y, de manera más sólida, por un entramado cultural justificacionista  de una densidad jerárquica convertida en  orden absoluto, al punto de que los asalariados aparecen diferenciados en obligaciones y prestaciones técnicas y sociales que los etiquetan como entes con diferentes y contranaturales calidades humanas, según el monto de su salario.
Como condición necesaria para perpetuar los dominios, se estableció prescripciones delineadoras de la conservación del status que, dado un régimen virtual-vendido como real-dictaría especificaciones sobre la idea de quietud del orden establecido para unos y otros, y también estructuras verticales donde los de arriba serían acumuladores, y los de abajo estarían excluidos, sometidos, sujetados, explotados. Con ese orden, los privilegiados  dispondrían de las ventajas de la fuerza de trabajo como un principio atemporal semejante a un axioma insertado en la conciencia social que disuade a los dominados de cualquier tentativa  de interrogar seriamente  el sistema, y  borrar así de sus  mentes las  tentativas realmente revolucionarias.
Tanto es así, que el mundo ha conocido el desmantelamiento de gobiernos, proliferaciones de protestatarios, variopintas rebeliones, entre tanto el principio virtual para el eterno sometimiento priva en el escenario. En tales circunstancias, se conservan leyes, estructuras y la preeminencia de unos sobre otros, sobre la base de preceptos cultivados alrededor de esclavitudes, servidumbres y domino burgués, con los cuales se obvia las salidas de corte revolucionario que despegadas de lineamientos heredados permitirían horizontalizar el escenario en cuestión.
El ámbito de lo concreto supondría su resistencia en el mundo de lo contingente, digamos que aquel supone lo dado, medible, observable, contratable, mercadeable y rentabilizable, lo ganancioso y lo expropiatorio, lo de ahí; sería una referencia, si se quiere precaria, que, si bien estaría allí, suele estar penetrada por múltiples factores que hacen de lo concreto algo tangible, aunque no explicable por medio de una teoría. No obstante, visiones fraccionadas mostrarían condiciones donde lo dado, lo contingente se aproxima al contexto de lo abstracto.
En otra aproximación, en la pura referencia de lo concreto, como condición perteneciente a lo contingente, a lo dado, a lo desprovisto de teoría, se exhibe una tendencia homogeneizante del individuo conducido hacia la uniformación  de pensamientos orientados a patrones verticales o visiones unilaterales, lineales, que  en último término estarían insertadas  en la reducción del sujeto a cosa, mercancía, objeto útil, duradero y perecedero como desechable cosa aislada, aunque renovable, comprable  y no perecedero  como colectivo.
Ese alejamiento del quehacer teórico expropiaría al sujeto de contar con sus propias interrogantes y desarrollo para darse cuenta de las insolencias del domino con sus pensamientos rectores que, en verdad, serian el marco que permite ceder dócilmente su fuerza de trabajo, bajo el manto de doctrinas falaces de igualdad que sirven para consolidar todo género de expropiaciones.
La trama de la igualdad supone postular equivalencia entre el salario y el producto elaborado por él. Esta ficción de una equidad simulada, implicaría satisfacciones para los dueños de los medios de producción, por causa del potencial de acumulación, mientras que el productor, ideologizado por esa ficción igualitarista de corte virtualista, abstracta, es envuelto con el enmascaramiento de una desigualdad concreta. Las virtualidades postulan pautas jerárquicas que, en lo concreto, colocan la propiedad de los medios de producción por encima de la fuerza de trabajo. Semejante orden ideológico implica el establecimiento de normas ad hoc a fin de conducir al sujeto a adherirse a legalidades, y a que se resigne ante la  preminencia del “empresario”. Los imperativos ideológicos, per se, son expropiantes de ese darse cuenta perteneciente al individuo. En fin, la preeminencia del tono jerárquico suele estar matizada de discursos cargados de teorías vacuas o asociadas a falsas hipótesis atadas al orden, simetrías, pulcritud, paz, belleza, etc., y cuyo diseño configura todo género de verticalismos.
Los recursos de una virtualidad hospedada en una sociedad capitalista se valen de símbolos  sintetizados con imágenes, discursos, ritos esencialistas  que en cada instante tocan la conciencia social para reafirmar el sometimiento y consolidar los protagonismos de la preeminencia del sector dominante para exigir al obrero rendir su fuerza de trabajo como tributo al orden establecido.
Es que el empresariado suele estar favorecido desde el momento mismo cuando  se le caracteriza como protagonista, actor y productor, lo que equivale a relegar al obrero a un papel  como segundón al servicio del acto empresarial. Fuera de la fábrica, la riqueza y la pobreza lucen objetivas, pero no así la ganancia asumida por el dueño capitalista que choca con el salario recibido en paga por el verdadero productor, manipulador, conocedor, y manufacturador de esos medios de producción. El título de empresario capitalista ha sido redactado por “técnicos” en Economía de fábricas, de comercios y de la banca crematística-por la Ingeniería economicista-una redacción avalada por literatos, medios, por academias que ocultan aviesamente la condición de que este empresario es sólo un mero comerciante: un reclutador de mano de obra, de maquinarias y materias primas, incluso, con financiamiento ajeno, o sea, un mercader en compraventa.
Si en concreto, la actividad del empresario es de orden secundario (administración, contabilidad, vigilancia, mercadeo[2]) paradójicamente en el proceso de distribución derivada del proceso de la circulación capitalista, él aparece con una condición principalísima.
Así, el sometimiento ideológico-simbólico gobierna las conciencias de la sociedad, regimenta al obrero más allá de su condición de productor concreto, relegado a un papel de sometido en cuando se le obnubila su carácter de protagonista principal, de tal manera que al obrero, bajo el imperativo  de su condición de sometido, apenas le quedan las ventanas para la queja, la lucha por el “perfeccionamiento” del salario, de la huelga insertada  sólidamente en un reinvindicalismo  por obra y gracia de lo virtual-abstracto-lo alienante, limitado a un punto crucial, envuelto en una nada que estampa principios unidireccionales y unisensoriales que marcan un  camino predefinido que corre paralelo y por encima  del perfil productivo de la actividad humana. Vale decir, cuando se anudan semejantes y abstractos argumentos para las relaciones de producción, sólo queda apelar a preceptos santificados como guías de orden.
En cuanto a la alienación del trabajador con relación a sí mismo y a la Naturaleza, ella aparece en su relación con los otros hombres, y cuando se aliena de su propia actividad, entrega a un extraño el poder que potencialmente tiene sobre aquella. En la idea de alienación estarían implícitas la pérdida de capacidades para discernir, de explicar, conjeturar sobre acontecimientos afectantes a un individuo o a un grupo, y sobre todo, se torna incapaz para autoevaluar el piso económico donde se mueve.
La alienación presupone, aproximadamente, una permutación de lo sucedido por lo representado. Así ocurre con el símbolo: lo representado  señala, conduce, establece pautas, y así, el sujeto es expropiado de sus potencial de posibilidades de problematizar el entorno, desarmado como se halla por acontecimientos que ahora son ajenos a él. De tenedor del objeto, pasa a ser tributario del mismo.
Entonces, en la alienación, se encuentra la aceptación pasiva de normas, ideologías, discriminaciones salariales, políticas, símbolos que todos juntos extrañan al sujeto de sus posibilidades para dialogar, conjeturar sobre el mundo. De esa manera se da el necesario acabado a la conversión de la fuerza de trabajo en una vulgar, aunque preciosa, mercancía capitalista.
El enmascaramiento aludido por Marx, referente a esa conversión social, esa compraventa del valor creado por el asalariado, sería la adopción de ciertos principios cuyas inciertas verdades obnubilarían al sujeto frente a cualquier tentativa dirigida a transgredir   los patrones culturales que lo envuelven. Suele ser intensa y multifacética la actividad alimentaria de la queja majadera y circular del sometido, quien se da golpes contra las paredes de su encierro, grita contra el flujo de lo contingente, apunta azarosamente contra todas las direcciones posibles, pero pocas veces interroga en el campo de las ideas del sometimiento, de la cultura de la opulencia que avasalla y despoja las ideas del sometido. De allí la necesaria preparación sobre llamada concientización proletaria y de la lectura concreta de las enseñanzas marxianas.

  El dilema del alienado y su mundo abstracto, limitado en sus dimensiones concretas, consistiría en que, sintiéndose rechazado por las contrastaciones hechas, él persiste en sus percepciones.  Así, pues, residenciado el individuo en la contingencia, -lidiando con elementos aleatorios-y, por otra parte, adscrito a principios rectores, él pretende describir la contingencia. De igual manera, su extrañamiento del mundo, determina el extrañamiento de su propio producto. En tal sentido, la alienación empequeñece al individuo, lo desmoviliza, lo condena a lo dado, lo sumerge en lo contingente, como lo estuvo el más primitivo de los seres humanos. Así, el mundo del individuo alienado se muestra minimizado, y por eso la alienación tendría una referencia contextual entre el individuo y el mundo, o sea, una referencia social.
ING. PEDRO GONZÁLEZ H.



Observaciones preliminares
1.-No somos contables ni abogados, ni físicos ni ingenieros, ni sindicalistas ni médicos, tampoco naturalistas; somos Economistas;

2.- Este trabajo lo haremos llegar al lector mediante una serie de entregas, de las cuales, ésta es la Primera. Ellas estarán sujetas a modificaciones, enriquecimientos, perfeccionamientos didácticos, teóricos y formales, que a juicio de los lectores pudieran corroborar o revisar partes de este ensayo. Las retroalimentaciones no necesariamente deben ser apologéticas; somos proclives a toda crítica no especulativa, y en consecuencia, y

3.- El contenido que aquí presentamos es transitorio y dinámico. Iremos haciendo entregas sucesivas periódicas; en cada una de ellas recogeremos lo adelantado en la(s) anterior(es) con todas las observaciones personales, adiciones y precisiones que vayamos recogiendo y concretando. La idea es que iremos creciendo de adentro hacia afuera, desarrollando todo lo que presentemos a manera de ensayos embrionarios que crecerán y evolucionarán con la lectura y las nuevas experiencias de cada momento.



AGRADECIMIENTO HISTÓRICO

La proclividad hacia la conciencia comunista que despertó abiertamente en mí, y sigue en vigilia hasta ahora, la sembró MI ABUELA MATERNA, Gracia Molina-Nieta de Petronila Molina-una mujer en cuya naturaleza brillaba la solidaridad  [3]
   Puedo afirmar orgullosamente que sigo siendo un permanente deudor moroso del Conferencista, Abogado e insigne  Profesor procesalista HUMBERTO CUENCA, desde aquella feliz noche cuando en el salón ad hoc del Liceo Pedro Gual de Valencia, Carabobo, Venezuela, 1 lustro antes de su prematura muerte, física, tuvimos la inmensa fortuna de conocer por primera vez de viva voz la existencia de otra manera de ver el mundo. Me encauzó con poderosa y firme mano por el sendero de la literatura marxiana, fuente inagotable de progreso intelectual, político y profesional en la que he seguido bebiendo día tras día durante casi 5/7 partes de mi vida estudiantil y profesional. Con orgullo, repito, algunos bachilleres le dimos un “pago” inicial por esa valiosa información: Nuestra Promoción   lleva en color rojo su significativo y trascedente nombre.[4]

 INTRODUCCIÓN
Presentamos nuestro producto  de estudios  de la obra de Carlos Marx, El Capital, llevados a cabo por mí durante más de 1/2 siglo, a través  de tantos obstáculos tropezados por la ausencia de textos originales, por  tantas ediciones de tercera calidad, de forma, cuando no de fondo, pero sobre todo por causa  de las imperfecciones y un mar de imprecisiones aquí y acullá propias de traducciones elaboradas y controladas en las  empresas editoriales burguesas en las cuales obviamente la censura acomodaticia y clasista no se ha hecho esperar.
En los 2,5 siglos, aprox., que lleva la lucha teoricoespeculativa  practicada por críticos de la cuestión económica burguesa[5] ,  a partir del médico François Quesnay (*1694 – †1774), un elevado porcentaje de ese intervalo ha trascurrido  paradójica aunque explicablemente  contra la portentosa y acabada crítica científica de Carlos Marx, luego de que este cuestionara la literatura económica de los fisiócratas[6] , de los clásicos y de los socialistas utópicos premarxistas (muy distinto al Socialismo Científico tratado por Lenin muchos años después de Marx). [7]
Es un hecho que sólo combatimos y/o negamos lo que no conocemos o lo que nos perjudica personalmente. Se niega, por ejemplo, todo aquello que nos complica su explicación más allá de la praxis cotidiana, o cuando aquella ponga en peligro la estabilidad social de la clase dominante. El hombre atribuyó a fuerzas divinas o de la Naturaleza el fenómeno de la lluvia, pero sin concretar cómo se las “arregla” la Naturaleza; de esa manera los charlatanes de marras gozaban de privilegios gracias a sus pronósticos especulativos. Esos astrónomos y parlanchines hacían abstracción de la temperatura, del rayo y de las corrientes eólicas, cosas así.

En el caso del modo de vida, o la manera de combinarse las fuerzas productivas (medios de producción y fuerza de trabajo), según las relaciones sociales de producción (relaciones económicas), la Economía Política vulgar o burguesa hace abstracción del origen técnico o fabril de la ganancia[8], y de la diferencia entre capital constante y c. variable; de que el capital[9] es algo más que medios de producción, que el capital pasa por tres fases circulatorias, y que cuando el comercio compravende mercancías sólo prolonga el proceso de su fabricación, y que cuando los bancos acreditan dinero a comerciantes y fabricantes  simplemente están dotando de capital a uno y otro  capitalistas quienes se encargan de fabricar y vender en lugar de hacerlo el banco directamente.

Marx resolvió el problema abordado por la nueva Economía Política y cuya solución consiste en suprimir las bases que hacen a unos hombres empleadores, y asalariados a otros, a unos   cada día más enriquecidos, y a otros cuya pobreza se les multiplica en el tiempo. Resolvió el enigma del dinero-precio pagado por unas mercancías, más allá de la relación cuantitativa de los precios entre sí. Marx llegó hasta la fuente del valor, y explica por qué las mercancías se expresan en precios antes de ser intercambiadas.  En El Capital, passim, podemos apreciar que la plusvalía queda escondida mediante el uso del dinero burgués ya que real y concretamente el trabajador sólo trueca su fuerza de trabajo-valor de uso- por bienes de sus cesta familiar, pero en una transacción tal que entrega más valor que el recibido.

Veamos esto más de cerca:
El capitalista recibe un valor de cambio-uso de la fuerza de trabajo aplicada  a los medios de producción correspondientes-a cambio del salario que es sólo expresión de otro tanto de valor de cambio. Hasta aquí se mantiene un contrato de igual importancia para las partes. Sin embargo, bien miradas las cosas, el valor de uso en que se plasma el uso de esa mano de obra asalariada contiene una determinable cantidad de valor de cambio = “coste primo” = salario más costes de los medios de producción pocesados; en este coste primo puede perfectamente distinguirse la cantidad de valor trabajo equivalente  al salario,  medible en términos de determinadas horas de la jornada, y quedaría un excedente de valor de cambio que Marx llama plusvalía, o sea, el valor excedentario del valor o plusvalor creado durnate el resto de la jornada.(Aquí omitimos la sobreganancia que implica la venta de medios de producción diferentes a la materia prima procesada, un tema que tratamos en capítulo aparte donde lo llamamos “falsos costes”. Véase nota “52” de esta obra.

En El Capital se apunta que los “valores de uso constituyen el material de un saber especial, de la ciencia y rutina comerciales", al punto de que "en la sociedad burguesa se considera que nadie puede ignorar la ley, y que, en virtud de una ficción jurídica económica, se entiende que todo comprador posee un conocimiento enciclopédico acerca de las mercancías”[10] . Se entiende que Marx se refiere a mercancías sólo consideradas en su valor de uso con sus correspondientes y fluctuantes precios de mercado, sobre los cuales el comprador se limita a saber que valen lo que su estampado precio dispone.

El meollo de la Economía científica gira sobre la base formativa del soporte de esos precios “de producción”, sobre el valor de las mercancías, tanto en la fábrica como en el mercado. Así, pongamos por caso, cuando decimos 3 metros de tela, estamos relacionando esa cantidad con 1 metro[11] , y esta segunda medida tiene como base una que otra referencia distinta a los 3 metros del caso. Por eso, cuando comparamos los precios de varias mercancías, expresados todos en ciertas cantidades de dinero-que es otra mercancía-debe haber un soporte común para todos esos precios. Estos precios son la expresión dineraria de las relaciones de los productores, unos como dueños de los medios de producción-de la naturaleza, por así decirlo-y otros como trabajadores que operan con dichos medios; unas relaciones entre trabajadores “en las cuales se afirman los caracteres sociales de sus trabajos”, y con ello estos adquieren la enigmática forma de relaciones sociales entre los productos del trabajo. No fue fácil ni de súbito hacer las escalonadas abstracciones [12] que realizó Carlos Marx para llegar a tan inmenso hallazgo científico en materia económica[13]. Honró hasta dónde la ciencia lo permitía, y terminó al fin con el estrellato del gigante Aristóteles, pilar mundial de toda la Filosofía y Todología medioeval y de unos 500 años posteriores más.

Desde los tiempos escolásticos y teóricamente desde los fisiócratas, se ha valorado sólo la producción de valores de uso a los que se les pone precios que sólo expresan (para la Economía Vulgar) relaciones cuantitativas referentes a determinadas cantidades de mercancías, de valores de uso-panes, trajes, vino-; jamás han  reconocido que esos bienes de  uso han costado sólo esfuerzos personales, trabajo, y se han limitado a tratar  los salarios como costos de producción al lado de los medios de producción. No han reconocido el valor trabajo, más allá de la cantidad de valores de uso que sale de las materias primas con ciertas máquinas y afines. Esta falsa concepción fue consolidada por los marginalistas mengerianos. Lo que, paradójicamente, no significa que les importe los valores de uso, como tales, sino exclusivamente sus valores de cambio en aquellos representados.

De resultas, ¿qué otra cosa que el conocimiento popular y rutinario caracterizan en materia económica a los honorables y distinguidos Ingenieros, Abogados,  Contables,  Historiadores,   Periodistas, Locutores- todos del  presente, y de más atrás-; a los Médicos,  Filósofos, moralistas y  a todas aquellas personas que no son Economistas, cuando por  estos y por su objeto de estudio entendamos al profesional de la Economía Política, una ciencia en pleno   desarrollo  para ser   ejercida por el proletariado a partir de sus  potenciales cognoscitivos para cuando esté  ya consciente  de que detrás de las mercancías se esconde la esencia del valor trabajo, porque los precios son sólo  cantidades de dinero, mientras  el valor es la medida del trabajo que haya costado fabricar el volumen de  cualesquiera mercancías que puedan comprarse  con ese precio, y cuando la sociedad en pleno  reconozca sin tapujos que toda la ganancia, absolutamente toda, que enriquece a todos los empleadores de  trabajadores asalariados, les pertenece  a estos, y estos mismos puedan entender que por alto y “generoso” que sean sus salarios, no obstante estarán siendo explotados.

Dejemos sentado que no basta reconocer que el trabajo es la fuente de la riqueza tal como lo hicieron los economistas clásicos, es necesario explicar por qué los empleadores se hacen cada día más ricos en dinero e infatuamiento discriminatorio, y sus trabajadores, más pobres en dinero y en dignidad,  y ricos en otras miserias derivadas de la pobreza misma. ¿Por qué, luego de tanto perfeccionamiento en materia de organización de empresas-existen cerros de manuales ad hoc-, luego de “economías” de costes, de ultramaquinizaciones digitales y enseñanzas de técnicas de producción, por qué a pesar de tantos “adelantos” en el manejo técnico o ingenieril de los factores de la producción y distribución, los problemas sociales no cesan y, por el contrario, a ojos vistas se recrudecen sin cesar?
Ninguna de esas preguntas logra respuestas eficaces, mientras los tratadistas de Economía Política no marxista, los políticos a sus servicio, los apologistas del capitalismo-literatos con Nobelados incluidos-no den el salto del desfasado idealismo económico a la versión materialista y proletaria de la   Economía. Actualmente, no pueden hacerlo mientras el estancamiento que lucía Alemania en los tiempos de Marx siga extendido por la geografía burguesa que ha terminado controlando todo el comercio mundial, y con ello ha popularizado mundialmente la pobreza y los conflictos sociales que siguen sin solución de continuidad. Los problemas de la pobreza siguen siendo ventilados por políticos y empresarios.
Dejemos sentado que cada día hay menos ricos y más pobres. También, dejemos claro por ahora que los estudios y las ciencias en general que nos ofrece la literatura mundial contemporánea seguirían rezagados mientras no se reconozca el Materialismo Dialéctico e Histórico como la última fase actual del desarrollo de las Fuerzas Productiva. Los vestigios de versiones idealistas que se mantienen en toda la mediática literaria, televisiva y universitaria de los   principales centros “científicos” de enseñanza ofrecen una desactualización negada por los principales exponentes del idealismo de todos los tiempos. La razón de este atraso científico sólo lo explican los intereses clasistas.
Ha sido así cómo a raíz de la “Contribución a la Crítica de la Economía Política”, de Marx, todos los estudios sobre esta precipua ciencia quedaron clasistamente diferenciados, y congelados tanto o más de lo que ya estaban en la Alemania de sus años más productivos [14 .
Desde luego, esa detención en el avance y perfeccionamiento de esta ciencia por parte de la clase dominante, hoy continúa, máxime cuando Marx termina identificando la Economía Política como una ciencia histórica que hasta el momento de su crítica fue manejada como una técnica al margen de las relaciones sociales entre los hombres cuando ellos están dedicados a la producción de la riqueza nacional. Era una técnica de relaciones entre la Naturaleza y quienes la trabajaban.
Digamos que la desatada defensa de los intereses afectados con estos hallazgos marxianos ha quedado robustecida. Por eso, en este caso como en otros, los beneficiarios del sistema capitalista luchan y siguen presentando una desenfrenada e incansable oposición a cuanto progreso científico lleve consigo el derrumbe legal de los fundamentos que hasta un nuevo momento sigan luciendo como verdades eternas, “científicas” o de “punta”.
Del estudio de El Capital se concluye en que la detención   en el progreso científico de la Economía Política Clásica corre a cargo de los escritores y apologistas colocados abiertamente a favor de sus adinerados financistas. Buena parte de estos tratadistas se hallan prejuiciados, y muy pocos habrán leído exhaustiva ni objetivamente la obra de Marx. Más bien, muchos estudiosos e intelectuales de primera siguen bebiendo en fuentes parcializadas, y de allí su bajo rigor científico, su estancamiento bien pagado.
Para el estimado lector, es muy importante saber que nos hemos adaptado al método seguido por Carlos Marx en su obra citada, El Capital, según sus 3 Libros pertenecientes a las ediciones del propio Marx y de Federico Engels, sólo que actuamos a la inversa. Partimos hacia atrás desde la realidad más concreta elaborada por él  a partir de lo más sencillo, porque, según su dialéctica manera de afrontar y realizar toda su extraordinaria y eficiente critica, con sus avances desde lo más abstracto hacia lo más concreto pudo enfrentar exitosamente la tupida y enrevesada maraña de desaguisados teóricos, en su mayoría  elaborados y defendidos, más por ignorancia que por malsanas ni por absurdas contrariedades, por  lo cual ahora damos por despejadas todas la contradicciones presentadas por la Economía Política de los clásicos y por los de más acá.
Como ya se conoce el meollo de la ganancia, del dinero, del origen de la miseria del proletariado y de las groseras, “improductivas” y parasitarias fortunas acumuladas por una clase, riquezas que están incapacitadas burguesamente para resolver el problema del desempleo laboral ni el de la elevación de las cuotas alimentarias de la población mundial, por esas razones, iremos abordando articuladamente las más relevantes categorías económicas, principios y datos que pudieran facilitar la más acertada  versión de la obra de Marx. Por ejemplo: Gracias a sus hallazgos y vastos estudios contenidos en El Capital, sabemos que el dinero ha sido el precedente más lejano del régimen burgués hasta su arribo de la época bautizada por él mismo como la Prehistoria del Capitalismo.
Dado, pues,  que ya se tiene un conocimiento sobre Economía Política científica-proletaria-, y como quiera que sus aportes no terminan de universalizarse porque se  carece aún del visto bueno de toda la sociedad, habida cuenta de que esta permanece dividida en clases antagónicas, una de las cuales obviamente no puede  compatibilizar  con los beneficios sociales de esta ciencia, dadas esas circunstancias, pues, concluimos en que resulta conveniente dar inicio a una sucinta recopilación cognoscitiva de El Capital, de Carlos Marx, para lo cual, como ya lo anunciamos,  nos valdremos de  una deliberada inversión expositiva de sus libros con una selecta y armoniosa muestra de sus capítulos más relevantes.
Así como la obtusa y rezagada oposición a esta ciencia sigue su marcha, así mismo, quienes hemos asumido la veracidad e importancia positiva de los aportes marxianos debemos continuar con su divulgación hasta triunfar como científicamente resultará inevitable. Por todas esas razones, recomendamos leer El Capital desde su final hacia su principio.
Tal es nuestra “poscrítica” a la   Economía Política  con  la cual  pretendemos desandar el camino trazado por Marx; lo haremos desde  la distribución de la plusvalía  entre fabricantes, comerciantes, banqueros y gobernantes hasta el valor de trueque de la más simple mercancía y sin mediación de dinero alguno (Véase atrás, párrafo 5 de esta Introducción), o sin, por lo menos, la del dinero-oro, ni mucho menos la mediación del dinero contemporáneo, virtualizado o absolutamente desligado de cualquier mercancía tangible, directamente salida de las manos de los asalariados.
Y a la inversa de la acertada sugerencia inicial de Marx, recomendamos, pues, empezar la lectura de El Capital por su Libro Tercero, con las debidas consultas a los demás libros, según resulte necesario. Creemos que a estas alturas debemos ponernos el traje para después calibrar la tela con la que haya sido fabricado.
Les participamos que ya, bajo el nombre de “CONOZCAMOS”, he adelantado por Internet (“www.aporrea.org”) algunos de los aprendizajes que ahora recojo, a manera de un ensamblaje de versiones puntuales parcialmente desestructuradas, correspondientes a situaciones, categorías, principios y leyes sociales tratados por la Economía Política, al lado de sus correspondientes soportes marxianos que he ido tomando de este investigador. Ahora buscamos ensamblar  mi modesto Aprendizaje general de El Capital, a fin de que la lectura   de esta magnífica y transcendental obra económica sea mejor utilizada, y que se lo haga con esa mayor brevedad exigida por unos conflictos sociales que llevan varias centurias reciclándose por el apoyo de una enseñanza filosófica, sociológica y económica burguesas, cuyos apologistas han pretendido convertirse en juez y parte subjetiva de esa problemática mundial que el sistema capitalista ha creado, con lo cual, lejos de “atenuarse los dolores del parto” [15] , se agravan, pero irrefragablemente van madurando las condiciones de su  reemplazo por un mundo  carente de clases sociales.
A estas alturas del conocimiento teórico de la Economía Política,  damos  como esclarecido el misterio del dinero, su fetichismo y el despejo de las razonables dudas que ofrece toda apariencia cuando no hemos sido capaces de llegarle al fondo de su contenido  y nos quedamos en abstracciones y generalizaciones ahistóricas. Por eso adoptamos el método a posteriori, porque damos por esclarecida toda la obscuridad que reinaba en esta ciencia, lo que me permite comenzar mi propia crítica desde lo más concreto   hasta llegar a la más simple de las relaciones sociales de producción: el trueque entre la mercancía A y la m. B, recogido en el Libro Primero, Capítulo I, a lo largo.

Estas deducciones son posibles gracias al hecho de que las teorías sociológica, filosófica y económica, desde hace ya más de 150 años   son responsabilidad de la clase proletaria, de trabajadores, y no de empleadores ni de intelectuales comprados al servicio de empleadores burgueses[16]. Se trata de una ostensible manifestación del desarrollo de las fuerzas productivas, a la que todavía le falta dar el salto hacia una homogeneización proletaria mundial. Un capitalista de alto giro económico suele remunerar muy bien a sus asalariados respecto del pequeño y mediano capitalistas, con lo cual queda sembrada la idea de que hay capitalistas buenos y malos, cosas así. Se da situaciones empresariales, tales, que algunos trabajadores asalariados niegan su condición de explotados.

Marx termina su obra, El Capital, al término de su Tercer Libro. En este, acaba por concretar la distribución de la plusvalía entre todos los capitalistas involucrados en el sistema burgués. De esa manera, Marx logra sacar la Economía del estancamiento sufrido por una ciencia sumergida en abstracciones económicas-no concretadas-como el valor de uso y el valor de cambio, éste, entendido como simple relación cuantitativa de precios, una definición muy apartada de su verdadera definición. [17]

Ese proceso de concreción de las abstracciones burguesas, lo comenzó Marx haciendo abstracción del significado verdadero de los valores de cambio a los que manejó como lo hace la Economía Clásica, o sea, como simple relación cuantitativa entre precios mercantiles. Se valió de los valores relativos y equivalentes. Igualmente no dio mayor importancia económica a los valores de uso para el conocimiento histórico del sistema burgués en el cual cobra relevancia el valor de cambio soportado por aquellos valores utilitarios. El estudio y conocimiento de los valores de uso los reservó para la rutina comercial y ciencias apartes, entre ellas, la Física, Química y afines.

Marx determina, cuantifica y concreta los precios de producción en precios mercantiles en: 1.- la ganancia de empresarios fabriles y comerciales, 2.- interés del banquero y 3.- la renta de la tierra. Los capitalistas fabriles se reparten la plusvalía que dejan los asalariados,  reparto que se inicia después que los valores de las mercancías se expresan en precios de producción; así, formados los p. de producción, parte de las ganancias se entrega a  empresarios comerciales que se hallan entre la fábrica y el consumidor final, y otras partes en intereses al capital de préstamo, en alquileres e impuestos al Estado. Es la única forma de garantizar una tasa media de ganancia pareja para todos los capitales usados en todas las empresas, a fin de que el sistema, además de ser rentable, sea estable. En la circulación del capital participa el Estado como máximo custodio del patrimonio burgués.[18 ]

No obstante, en paralelo a Marx, la Economía Clásica ha seguido vulgarizándose (deja de ser científica) y retoma la circulación de mercancías como estudio económico central; vuelve al mercado donde sigue estancada, ahora con conocimiento de causa y aferrada a la defensa del capitalismo financiero y oligárquico[19] (transnacionalistas del capital dinero), aunque el capital usurario no sea el determinante, y el industrial, con su acumulación de capital constante ocupado,  siga acondicionando la vida misma del capital financiero.

Otro hecho relevante en el estancamiento de la Economía Política es que los problemas que surgen al tratar el tema del reparto de  la ganancia entre los cuatro (4)[20] tipos de capitalistas que asumen el modo de vida que nos ocupa, además de la "alícuota impositiva” recibida por el Estado Burgués, se reducen a que  los tratadistas del caso no están contestes ni ofrecen todavía una coadmisión plena sobre los constituyentes de una mercancía: su valor de uso y el de cambio, valores cuyo significado económico y tratamiento teórico  se han prestado a mil y una elucubraciones, las más interesadas, pero que también han respondido a la acotada capacidad intelectiva  de los tratadistas de Marx, alienados como se hallan en una sociedad donde han respirado valores burgueses, loas burguesas, literatura y retórica burguesas, y, en particular, han asimilado excelentemente toda la tergiversada  literatura antimarxista que se inició desde las primeras versiones y  entregas y subentregas  de El Capital. Por eso, nos vemos obligados a incluir partes categóricas del Capítulo I del Libro Primero de esa obra, a fin de poder distinguir entre las relaciones técnicas de trabajadores y no trabajadores[21](clases sociales) con la Naturaleza (medios de producción), y las relaciones económicas asumidas entre burgueses y proletarios. Los trabajadores trabajan con los medios de producción tanto naturales como  hechos por ellos mismos, y estos medios son adueñados por los no trabajadores, tal como hasta el siglo XIX de esta era el jinete criaba arriaba caballos pertenecientes al terrateniente, y todavía el campesino cría y ordeña las vacas que no son suyas.

La  vulgarización posmarxista de la Economía corre a cargo de los “marginalistas” de la Escuela Austríaca, cuyo máximo y más vulgar representante ha sido Carlos Menger, quien  polariza el problema económico hacia apreciaciones subjetivas y populares, tales, que podríamos calificarlo como el padre de la Ingeniería Económica   Industrial, como Quesnay lo fue antes de la Ingeniería Económica Agrícola.

Tal tergiversación, presente en la Economía mengeriana, responde a que ella pretendió medir la “utilidad”, que hace de los bienes un valor de uso, hizo derivar los precios de los niveles de satisfacción[22 ], e hizo abstracción del valor trabajo involucrado en la producción de esa utilidad en condiciones de equilibrio entre la oferta y la demanda [23], con lo cual el fenómeno coyuntural de la “escasez” recibió rango estructural como causa y efecto de la valoración    subjetiva o abstracta de las mercancías.

Debemos preguntarnos cuánto cuesta la añadición de la utilidad que poseen los bienes que usemos como factores productivos o como satisfactorios de necesidades personales. Debemos saber cuánto trabajo cuesta la sintetización de un utilidad nueva o de una utilidad natural de algún bien que pongamos a nuestra disposición.

Nosotros partimos de que ni en la literatura marxiana ni en la marxista se trata tema alguno relacionado con productividades ni utilidades decrecientes ni crecientes. Estas leyes ad hoc son un artilugio ingenieril diseñado para justificar el estudio de la producción de valores de uso y justipreciarlos de acuerdo con la utilidad o productividad que nos dé el costo medido en precios de los factores de producción (las fuerzas productivas), pero, como ejemplo, no de acuerdo con el costo de fabricación por parte   del trabajo realizado por la mano de obra, sino del monto salarial. Es una clara productividad del capital, no del trabajo, y de allí la indiferencia mengeriana en el manejo de los medios de producción o de la fuerza de trabajo.

El cálculo mengeriano irrespeta de partida la complementariedad de los medios de producción con la mano de obra; a ambas fuerzas, las mide o uniforma en dinero y de esa manera obvia paradójicamente las diferencias productivas, la “utilidad marginal”, que se hallan entre los valores de uso en general y la   mano de obra.

La contabilidad ingenieril o burguesa hasta ahora sólo ha medido inversiones de capital medido en términos de medios de producción y salarios varios, tanto del personal creativo como de personal vigilante, gerencial, contable, asesor y afines. Y la matematización de los estudios de Economía han girado sobre supuestas medidas subjetivas de valores de uso, como ese de la   “utilidad marginal decreciente”, o el de la objetiva “productividad marginal decreciente” que, para negar el potencial productivo constante y uniforme de cada unidad de insumo, se vale del irrespeto de la complementariedad que guardan todos los factores productivos entre sí, no sólo de las diferentes materias primas directas e indirectas, sino de la complementariedad entre el capital constate y el variable. Un metro de tela cubre un metro de tela, y una maquinaria con 10 años de vida útil debidamente estimada debe durar ese tiempo de vida, sin embargo si el sastre comete errores puede desperdiciar materia prima, y una maquinaria sin mantenimiento o abuso puede acortar su vida, cuestión que revela ese carácter complementario. Fuera de allí no puede haber problema económico, sino yerros técnicos o negligencia gerencial.

Con semejantes teorías y contabilidades se ha obviado el verdadero problema económico, cual es el origen y significado del dinero, de la ganancia, el quantum del aporte creativo de los trabajadores, el valor de cambio del salario. De resultas, no se admite que la fuerza de trabajo sea una mercancía de hecho, y, lo más importante, han “marginado” la verdadera variable decreciente como es la tasa de ganancia[24], o decrecimiento de la mano de obra en relación con los medios de producción.

A la tasa de ganancia la conciben indistinta o envolventemente como dependiente de unos medios de producción y una fuerza de trabajo copartícipes en el capital del inversionista, razón por la cual no tratan el tema de la tasa de plusvalía, única variable que soporta, confirma y explica el decreciente desenvolvimiento macroeconómico y a largo plazo de la tasa de ganancia, debido a la desarmonía creciente entre el capital constante y el variable, a una composición orgánica del capital que minimiza la participación de la mano de obra frente a las inversiones en medios de producción, en dinero atesorado en bancos, e invendibles en los inventarios comerciales. Un período de rotación prolongado de mercancías en depósitos e inventarios comerciales supone mayor capital constante frente a la misma cantidad de mano de obra que las produjo, por ejemplo.

Entre la “utilidad marginal”, referida a la utilidad de los bienes, a su valor de uso,   y la “ley de   la productividad decreciente”, referida a los rendimiento en valores de uso, hay una similitud intencional de parte de los apologistas del sistema burgués.

Porque el consumo de bienes de producción también se regiría como el consumo de bienes de consumo final. Lo que en este se llama “utilidad marginal”, allá se llama “productividad marginal”. Mediante esta argucia teórica y especulativa o inducida se desvía la atención del estudioso de la Economía, se le canaliza hacia la medición de la cantidad de rendimientos y satisfacciones, o sea hacia la producción técnica de valores de uso y a las producción de satisfacciones personales, en lugar de buscarle a la ganancia una explicación y fuente fuera del mercado.

La Economía debe ocuparse del origen del valor de cambio, del costo en valor trabajo de los valores de uso, que, si bien se consideran en la economía utilitarista y marginalista, en ella se soslaya la sinceración del valor aportado por el trabajador asalariado, se evita el origen laboral de la ganancia, y a este origen se le traslada al mercado como resultado de pujas y habilidades extraeconómicas. Con esa actitud, los no marxistas   silencian y olvidan el proceso circulatorio del capital, de la explotación, porque sus “economistas” e ingenieros siguen entretenidos con al circulación de las mercancías.

Es que sólo un estudio de las variables marginadas por la “escuela austríaca” puede darnos luz sobre la fuente de la riqueza de pocos y el hambre de muchos.

Así, el dinero que maneja la escuela austriaca implica manejo y comparaciones entre cosas heterogéneas, y medirlas matemáticamente es una cuestión de partida violatoria de la Aritmética, pero hay más, como dijimos antes,  se ha buscado medir la utilidad y la productividad marginal con una clara separación y violación  de su carácter complementario  entre los medios de producción y la fuerza de trabajo, entre  los valores variables y circulantes, entre el capital constante, o  capital fijo, y el c. variable, según los presentemos  en la contabilidad burguesa o lo hagamos en la marxista.

Con esos manejos marginalistas e ingenieriles, en materia de consumo se parte de una renta de gasto ilimitado y se margina el ahorro. Lo hace el capitalista cuando no incrementa armoniosamente su aparato productivo, por razones personales o ajenas a él, y lo hace el consumidor cuando deja de ahorrar y supuestamente consume todo lo que gana.

Dentro de esas deleznables condiciones no puede haber equilibrio ni estabilidad. Tampoco puede conocerse cuánto vale un bien, sea medio de producción o fuerza de trabajo, o sea, una mercancía lista para su consumo. Digamos que las  teorías de productividad y utilidad marginales decrecientes son hermanas ideológicas prohíjas de la teoría económica vulgar, acientífica de partida, pues no puede estudiarse ningún fenómeno multivariable y conocerlo si congelamos o damos por constante alguno sus componentes; así lo explica  el “principio de incertidumbre” formulado por otro Ingeniero Físico: Werner Heisenberg, ya que en al realidad todos las variables se hallan todas en  permanente reposo o en movimiento, y necesariamente interrelacionadas todas entre sí con acciones y reacciones recíprocas de conjunto.

Tengamos presente lo que ocurre en la sociedad: cuando el burgués entra en funciones de explotador, pasa a ser un capitalista fabricante, comerciante o financista, o lo hace con inversiones de dinero cruzadas o tejidas entre tales tipos de explotación. A su vez, cuando el proletario consigue trabajo (venta de su fuerza laboral en alguna de esas fases de la circulación del capital: fabril, o mercantil (comercial y financiera), entonces asume su rol de asalariado. Se concretan así las dos clases sociales contrarias del modo burgués (las abstractas personalidades del burgués y del proletario)[25] .

Dentro de la fábrica, se realizan los valores de uso que soportan valor de cambio, y un valor que debe superar el monto del costo de aquellos valores de uso con inclusión de la fuerza de trabajo que es el principal valor de uso que entra en escena; tal es el móvil subyacente  del capitalista a fin de que esa diferencia represente su ganancia, aunque él crea alcanzarla en el mercado,  y en este sólo se concrete. Lógicamente, sin mercado no podría ni siquiera recuperar su inversión inicial porque el capital inicial debe circular e ir transformándose: de dinero en fuerzas productivas, de estas en mercancías y de estas en dinero.

Es la división social clasista reinante también fuera de la fábrica, donde está solapada  bajo el disfraz de ricos y pobres; como tal, esa división se concreta dentro de cada fábrica, cual negativo que se esclarece: Aquí reaparece en concreto la división abstracta entre burgueses y proletarios, clases sociales que se visibilizan cuando algunas personas entran a la fábrica en condición de propietarios de los medios de producción (como capitalistas), mientras el resto lo hace como simples propietarios de su fuerza de trabajo, como trabajadores  asalariados.

Repetimos, esa división se desconcretiza y se mantiene fuera de la fábrica como simple separación  personal  entre ricos y pobres, entre unas personas con mejores ingresos que otras,  con mejores estudios y desarrollo de su  fuerza productiva, de su mayor viveza y agudeza para los negocios, con “mejores apellidos”; con una supuesta mayor responsabilidad frente a la vida, con mayor optimismo de unas que otras, aunque todas ellas se hallen en un mundo exterior con un  variopinto paquete de posibles y reales causas de esa riqueza en pocas personas y   pobreza en muchas, de tal manera que fuera de la fábrica termina atribuyéndose la causa de esa “pobreza”  tan desigualmente repartida a supuestas y variadas causas, menos a la explotación de proletarios por parte de la burguesía[26], y como veremos más adelante, hasta de  proletarios por proletarios.

Es de advertirse que en ese cuadro de abstracciones y concreciones sociales, ni dentro ni fuera de la fábrica se manifiesta nítidamente la explotación de unos hombres por otros[27]: En la fábrica sólo hay relaciones jurídicas contractuales entre iguales, entre un contratista de trabajadores y estos, y fuera de ella, personas que indistintamente gozan de diferentes, potenciales e iguales derechos sociales[28]. En la fábrica se observa valores de uso, y fuera de ella se aprecia la coexistencia de personas burguesas y proletarias.

Eso distingue el proceso de trabajo-producción de valores de uso preñados de valor trabajo aportado exclusivamente por los trabajadores proletarios en solitario o en equipo o complementariamente-del proceso de producción de mercancías, como resultados de ventajistas relaciones sociales entre dueños de los medios de producción y los dueños de fuerza de trabajo-. Esta relación entre capitalista y asalariado es la que permite la realización de aquel proceso de trabajo: el capitalista compra las fuerzas productivas y estas se entremezclan con independencia de los antagonismos clasistas. Los efectos diferenciantes consisten en que el capitalista no trabaja ni adentro ni fuera de la fábrica, y el asalariado lo hace todo[29], menos poner los medios de producción de los que carece,  medios de producción que  resultan inútiles sin la  fuerza de trabajo que los reanime constantemente mediante su uso y transformación en nuevos valores de uso. Al punto de que, si no fuera por la permanente y eficaz intervención el Estado-curiosamente-los trabajadores podrían declararse dueños de la empresa donde operen y comprometerse a cancelarles a sus dueños hasta el último bolívar; sin embargo, sin esa intervención estatal, ¿quién garantiza que los trabajadores cancelen o indemnicen?  De allí la necesidad de un Estado prosocialista transitorio.[30]

En tal sentido, piénsese en un Estado prosocialista transitorio, en lugar de un modo o Estado socialista. Este Estado prosocialista velaría por el respeto a la propiedad general de todas las personas trabajadores que vayan adquiriendo patrimonio a punta de su trabajo colectivo, al margen de explotación de terceros. Ha ocurrido que en los ensayos socialistas cumplidos hasta ahora, la burocracia, el Estado, se ha adueñado del patrimonio privado y coartado o regulado la propiedad individual de los trabajadores privados. A eso se le llama capitalismo de Estado. En este nuevo Estado prosocialista, un ex empresario, por ejemplo, podría pasar de propietario individual a propietario colectivo, y conservar así su patrimonio ya obtenido en el viejo modo. Así hizo la burguesía con los esclavistas: el Estado los indemnizó y luego se hicieron capitalistas y en lugar de esclavos explotaron asalariados. Todo modo socialista alude a expropiación general de los principales medios de producción en favor de la alta burocracia. Este Estado prosocialista se encargaría sólo de modificar la aplicación de esa propiedad en manos privadas.

El sistema capitalista usa la propiedad privada para explotar a terceros. El Derecho Civil establece el componente “ius abutendi”. En el Estado prosocialista, este componente no se usaría para explotar a los trabajadores. En el modo socialista del siglo XX, en Estado explotó a los trabajadores en favor de su burocracia de alto rango.

Digresión: Cuando Adam Smith[31] se ocupó de la “riqueza de las naciones”, reconoció que esa riqueza provenía del trabajo, no sólo de la Agricultura que crea las materias primas originales y cargadas de utilidad efectiva y potencial (aprovechables directamente o como materias primas), sino que provenía también de los demás trabajadores que procesen esas materias para convertirlas en nuevos valores de uso, es decir, añadirles nueva utilidad. A Smith le faltó hacer otro trabajo, complementario, que versara sobre “la pobreza de las naciones”. Pensamos que pudo parecerle curiosamente contradictorio reconocer que la riqueza de una nación proviniera del trabajo, y que los trabajadores fueran-como lo son-los más pobres de la nación. Por supuesto, para Smith, ser empresario fabril, banquero o comerciante, era ser trabajador muy activo y afortunado. A eso súmese que ya el mencionado fisiócrata François Quesnay (fransuá quené-sic) había reservado la mayor importancia productiva de esa riqueza a la simple Naturaleza: se esa manera estabilizaba los privilegios de los terratenientes, máxime cuando él era uno de ellos.

Econ. Manuel C. Martínez C. / Valencia, Venezuela, 04/02/2013





CAPÍTULO I
El escenario social burgués

I.I.- La estructura económica

De entrada, al trabajador le resulta indiferente aplicar su fuerza de trabajo a medios de producción ofrecidos por el Estado, por la naturaleza o por el propietario   privado A, o el B, el  C,  o el Ch, a los efectos de producir tales o cuales bienes que en lo adelante llamaremos valores de uso. En la sociedad burguesa no sólo se trabaja para producir esos bienes, sino para producir riqueza dineraria en favor del empleador, del burgués en funciones fabriles o mercantiles-comercio y finanzas- Veamos cómo discurren estas relaciones sociales entre el proletario y el burgués.

Dos clases conforman la estructura económica en el modo burgués de producción: burguesía y proletariado; la primera obtiene rentas procedentes del trabajo impago de los trabajadores pertenecientes a la segunda, y ésta de su salario[32]. Esas rentas se llaman ganancias, alquileres, impuestos, intereses, “plusvalía”, y las rentas de los trabajadores del proletariado se llaman salarios. Esta división social se antepone a la unión de las fuerzas productivas entre trabajadores y la Naturaleza, y por esta razón el burgués, dotado de dinero, funge primeramente de capitalista comerciante y compra esas fuerzas-no necesariamente al contado ni con dinero propio-porque en este régimen todos los bienes producidos están convertidos en mercancías[33], con inclusión de la fuerza de trabajo y el mismo dinero.

Las clases sociales[34]  son   las resultas de la  estructuración de la mano de obra en la fábrica burguesa como creadores de valores de uso. Ya sabemos que estos bienes soportan los valores de cambio porque se trata de bienes hechos mercancías, hechos para la venta, y eso hace necesario el cálculo del valor trabajo a   los fines de intercambio comercial a través del dinero, porque, en caso de su ausencia, el trueque sólo usa el valor trabajo depositado en cada mercancía para establecer el canje de un bien por otro en determinadas proporciones laborales y sin intermediación dineraria.

Entonces, tenemos una estructura económica o una división social entre burgueses y proletarios, según su tenencia jurídica privada de medios de producción, o de dinero que es la expresión económica de esa propiedad, por parte del burgués, o de sólo tenencia económica de fuerza de trabajo, por parte del proletario. Esta división social potencia al burgués para convertirse en un capitalista en funciones comerciales que mediante compras debe unir esas fuerzas técnicas productivas   dispersas y desestructuradas como tales en el mercado o fuera de la fábrica. En la fábrica, los proletarios son terminados de expropiar ya que su fuerza de trabajo allí la han cedido al empresario a cambio de un salario. O sea, en este modo de vida las relaciones hombre-Naturaleza están no sólo divorciadas entre sí, sino que los trabajadores, incluso dentro de la fábrica, se hallan también desestructurados por razones salariales que detallaremos más adelante. De allí la desunión del proletariado nacional además de su desunión mundial.

Los capitalistas y los asalariados no son ni se manifiestan como miembros de clases sociales contrarias e independientes. Todos ellos se presentan como miembros de una solidaria “sociedad civil”, y jurídicamente como personas en igualdad de derechos en materia de compra-venta: unos compradores más ricos que otros, con unos vendedores más pobres que otros. El carácter clasista de esos contratistas obrero-patronales se manifiesta, más bien, dentro de la fábrica.[35]

Fuera de la fábrica, se da esa ficción de propiedad: los trabajadores en potencia, los proletarios, son propietarios económicos natos de su fuerza de trabajo o de cualquier bien que produzcan por sí mismos si dispusieran de medios de producción que están en “manos” de la Naturaleza o de otras personas que no trabajan.

Dentro de la fábrica, los trabajadores manifiestan ese potencial de propietarios natos y crean riqueza, pero sobre esta no tienen ninguna propiedad jurídica ni económica. Han sido expropiados absolutamente, sólo que no acuden al taller obligatoriamente, sino con sus propio pies porque ya el Estado, desde la cuna, les estableció que la propiedad de los medios de producción ya no era natural, sino civil y que por tanto tenía dueños personales sin averiguar cómo ocurrió tal apropiación. Es la propiedad civil jurídica, la de “papel sellado”, de convenios sociales, las más de las veces impuestos por la fuerza, la que logra divorciar la propiedad económica de la riqueza de sus verdaderos dueños que no pueden ser otros que sus creadores.

Cuando los asalariados salen de la fábrica termina la igualdad técnica que los une dentro de ella; entonces asumen lo que son: burgueses, unos, y proletarios los trabajadores. Esto se traduce en dos aplicaciones de la fuerza de trabajo: 1.- su venta salarial en fábricas, comercios y bancos¸2.- su ocio o despilfarro fuera de esos centros burgueses de explotación, como si el trabajo no fuera el fin y principal manifestación de la vida.

I.II.- La desestructura técnica

Las dos fuerzas productivas, la de trabajo y la de los medios de producción (objetos e instrumentos de trabajo) son categorías asociadas y pragmáticas  por excelencia; sólo la división social entre burgueses, dueños de los medios de producción, y los proletarios, desposeídos de ellos, rompe esa condición natural.

Ambas fuerzas conforman la estructura técnica o “infraestructura económica” que histórica y mancomunadamente  están presentes en todo proceso productivo de trabajadores ejecutivos de  medios de producción, desde la mano de obra más rudimentaria y los bienes originarios ofrecidos silvestremente por la Naturaleza: alimentos agrícolas, agua, minerales, y otros, hasta los modernos auxiliares mecanismos de la industria moderna,  con los académicos y especialistas, desde físicos investigadores hasta ingenieros de variopintas ocupaciones laborales.

Fuera de los centros productivos, las fuerzas productivas burguesas se hallan separadas-no funcionan productivamente-por causa de la estructura económica, que priva en la sociedad, y aparentemente unidas dentro de estos centros de producción como propiedad de la burguesía, del capitalista. Pero la sola fuerza de trabajo se halla desunida económicamente en sí misma; luego lo está afuera y dentro de la fábrica, por su condición de proletarios y por causa de los diferentes salarios que irrespetan su carácter complementario. Una fuerza de trabajo técnicamente unida  entre sí misma y con los medios de producción, dentro de la fábrica,  implica  desunión tecnoeconómica o desestructura técnica del proletariado, por su carencia jurídica de medios de producción, y su propiedad del trabajo que  puede crear. Al burgués le resulta fácil y obligante la unión de esas fuerzas, por su posesión de dinero, pero no al proletariado que carece de este. La propiedad jurídica sobre los medios de producción es contranatural, primero porque la Tierra y sus dones no tienen dueños jurídicos, y segundo porque  sólo existe la propiedad económica  en favor de quien trabaje y produzca  algún bien útil. Esto significa que toda propiedad jurídica sin trabajar es una impropiedad, es írrita per se.

A la desestructuración técnica de las fuerzas productivas fuera de la fábrica se suma el hecho de que a nivel mundial unos trabajadores producen los medios de producción y otros, en otros países, operan con ellos. Las empresas tanto productores de medios de producción de un mismo país como las de bienes de consumo final suelen funcionar con medios, herramientas y máquinas producidos en otros países.

De allí la importancia del Comercio Exterior que, por lo general, se establece como un asunto del Estado y en el que los trabajadores nacionales no cuentan para nada, y por lo tanto no se hallan unidos ni siquiera bajo el mando y la propiedad  privada del capitalista a cuyas órdenes trabajan. A nivel mundial, el operador de los medios de producción no compagina en trato ni en comunicación con los productores de esos medios.

De manera que la desestructura económica, separatista y desunionista per se, se halla reforzada técnicamente como desunión entre los propios asalariados en cada momento, y  sólo se unen por grupos fabriles cuando se hallan  bajo la coyuntura de cada empresa en particular.

La unión en la fábrica es técnica o forzosa, y  la desunión es doblemente económica ya que los dueños de los medios de producción forman clase aparte fuera de la fábrica, y todos los trabajadores se hallan desunidos y diferenciados en términos salariales dentro de esta. [36]





CAPÍTULO II
Concreción de la plusvalía hecha ganancia en la fábrica, el comercio, la banca y el Estado
   
Partimos de que la ganancia obtenida por el empresario, el interés usurario, los impuestos, el salario y la renta de la tierra, todas esas rentas son creadas por los trabajadores, y, en el caso burgués, por los asalariados, directamente en las fábricas. El conjunto de esas rentas se llama plusvalía concretada en ganancias.

Hemos señalado que mientras los sistemas de explotación esclavista y feudal no ocultaban sus procedimientos para que las respectivas clases se enriquecieran con el trabajo ajeno, el sistema capitalista se mantiene oculto fuera de la fábrica, y detrás de las máscaras de su contabilidad.

INTERESADOS en El TEXTO COMPLETO: ramcam@cantv.net.
Dr. Manuel C. Martínez M.



ÍNDICE GENERAL

Mi Aprendizaje de El Capital                                                          
  Observaciones preliminares                           1
Introducción                                                          3
CAPÍTULO I   El escenario social burgués       19
    I.I.- La estructura económica                         19    
    I.II.- La desestructura técnica                        21
     
CAPÍTULO II (XVI) [146]  Concreción de la plusvalía hecha ganancia en la fábrica,
el comercio, la banca y el Estado                      23    
II.I.- Glosario económico del modo burgués durante un
determinado período                                          23
II. II.- Simbología tecnoeconómica                   38
II.III.- Crítica a la Contabilidad y Estadística Burguesas        39
II. IV.-  Los medios de producción y la fuerza de trabajo como
mercancías,  y sus valores de uso y de cambio                         44
II.V.- Capital variable y constante                                                58
II.V.I.- La Fuerza de trabajo como mercancía, y sus
Valores de uso y de cambio                                                             59
  II.V. II. - Capital constante                                                             64
II.VI.- El Segundo Problema de la Transformación de  precios de
precios de producción en precios mercantiles, o máxima concreción
de la   plusvalía en concretas ganancias                                     65

II.VI.I.- El mercado capitalista                                                         74

II.VI.II.- La Formulación del Segundo problema                          79
II.VII.- El primer problema de la transformación…                     86

II.VII.I.- La formulación del primer problema de la
transformación de valores en precios de producción                 87
II.VII.II.- Derivaciones de la conversión de valores en precios
de producción                                                                                        93

CAPÍTULO III El mercado macroeconómico                            100    
III.I.- La inflación originaria                                                       100      
III.II.- La  ley de oferta-demanda en el mercado macroeconómico     100
     
CAPÍTULO IV El mercado como fuente de ganancias            102
IV.I.- Histórico                                                                                 102  
IV.II.- La ganancia se traslada de la producción al mercado              103
                                                     
CAPÍTULO V Nivelación  Salarial                                                 107
V.I.- La desunión salarial actual y la propiedad privada
sobre el conocimiento social                                                         117                                                                                
V.II.- La explotación del proletario por el proletario             124    
Notas Finales                                                                                              159